Este libro analiza cómo la violencia tras el golpe de 1936 en Andalucía no fue un caos incontrolado, sino una estrategia sistemática para eliminar la resistencia social. En este sentido, se detalla cómo la represión buscó desmantelar el potente movimiento campesino y asegurar el control territorial mediante el terror. La obra destaca la singularidad andaluza por su elevado número de víctimas y la intensidad de la limpieza política en las zonas rurales. Además, examina el papel de las élites locales en la ejecución de castigos que buscaban perpetuar un nuevo orden social y económico. En definitiva, es un estudio riguroso sobre cómo la dictadura utilizó el miedo para consolidar su hegemonía en el sur de España.
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